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Túnez, una democracia aún frágil

Túnez, una democracia aún frágil
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«Es increíble cómo pasa el tiempo, al recordar esos días me invaden sensaciones de libertad y valentía. Admiro nuestra rebeldía. Nunca pensamos que podíamos alzar nuestra voz, pero lo hicimos. Hace diez años fui parte de la revolución. El cambio se hizo realidad y yo fui parte de ello». Aya Chebbi rememora con optimismo las protestas populares que hace una década echaron abajo el régimen de Zin el Abidin Ben Ali.

La activista destacó entonces, apenas siendo una veinteañera, como bloguera y líder social. Ahora ejerce como enviada especial para la Juventud de la Unión Africana, desde cuyo altavoz trabaja para que otros jóvenes accedan al liderazgo político y social. Su camino es un escaparate de la inspiración que ha supuesto Túnez para otros países. «En todo el continente los jóvenes tenemos los mismos problemas, sufrimos el paro, la inequidad, las consecuencias del cambio climático. Es una oportunidad poder dar aliento a los jóvenes para que trabajen por el cambio», confiesa en una entrevista telefónica con EL MUNDO.

Túnez marca hoy una década de transición democrática, no sin altibajos. La huida del país del dictador tunecino, tal día como hoy, desató un efecto dominó en todo el Mundo Árabe -y también ha inspirado a otros países dentro y fuera del continente africano-, por el que otros dictadores fueron derrocados aunque cada país ha atravesado diferentes procesos. Túnez, la cuna de la Primavera Árabe, es el único Estado de la región que ha logrado encauzar una transición democrática, pero ese proceso se encuentra hoy, diez años después de que empezara a andar, debilitado por la polarización política y la crisis económica.

Los festejos serán por tanto sombríos, con cierto sabor a desilusión -aunque no faltos de orgullo por lo conseguido hasta ahora, como expresa Chebbi- pero también deslucidos por el coronavirus. El país reporta esta semana un récord de nuevos casos de Covid-19 desde que se inició la pandemia, con más de 3.000 contagios diarios y las UCI colapsadas. El Gobierno ha decretado un nuevo confinamiento nacional de cuatro días que se aplica desde hoy, pese a que es fiesta nacional, y que impedirá que la ciudadanía se concentre para exigir una vez más que se cumplan las demandas que les empujaron a la calle hace una década.

Pan, trabajo, dignidad. Son exigencias que todavía hoy están en el aire. La transición política ha tenido hitos como la aprobación de la Constitución más avanzada del mundo árabe, que consagra la igualdad entre hombres y mujeres y la libertad de expresión. Pero también vivió periodos oscuros, con asesinatos políticos, inestabilidad, una ola de atentados yihadistas…

Mohammad Almasri, director de la Encuesta Árabe que realiza el Centro Árabe para la Investigación y los Estudios Políticos (ACRPS), con base en Doha, compara este camino con la transición española. «También en este proceso hubo obstáculos y momentos duros, como la matanza de los abogados de Atocha o el golpe de Estado», recuerda.

Tras años de tensiones, los partidos políticos y los agentes sociales tunecinos llegaron a un consenso y un compromiso por el diálogo que fue saludado por la comunidad internacional con el Premio Nobel de la Paz en 2015. Pero un lustro después, la crispación política ha vuelto a ser la norma. «Lo que vemos en Túnez en este momento es que cualquier acontecimiento que suceda no está siendo debatido políticamente, sino que se convierte en una situación de polarización. Mientras esto siga así, la democracia está en peligro. Han pasado sólo 10 años, el proceso todavía está empezando, necesita consolidarse», señala Al Masri en una entrevista con EL MUNDO por videoconferencia.

Las elecciones presidenciales de 2019 auparon a la Presidencia al profesor universitario antisistema Kais Saied. Su visión choca con la arquitectura de poder post Ben Ali y las relaciones establecidas entre la jefatura del Estado, el Parlamento y el primer ministro, cuyo puesto ha sido fragilizado. Desde la victoria de Saied, la división política no ha dejado de aumentar, espoleando los radicalismos en el espectro parlamentario, con partidos en ambos extremos como los neodesturianos -nostálgicos de la dictadura- o los islamistas de El Karama -que jalean el yihadismo-. La desafección de la ciudadanía hacia sus representantes se ha disparado. «Estoy angustiado por esta polarización entre la élite política y preocupado por el presidente, Kais Saied, cuyo discurso alarma porque está haciendo todo lo posible para minar la Constitución y el equilibrio de poderes. ¡Habla como Muamar Gadafi!», expresa Al Masri.

El sociólogo tunecino Mohamed Kerrou constata el malestar que se ha instalado en los últimos tiempos en la sociedad. «Túnez atraviesa un periodo difícil, un periodo de tensiones y desórdenes, de intensidad variable, que podríamos calificar de crisis, término devaluado pero pertinente. Es un cúmulo de fases de disfuncionamientos que generan una crisis global y multidimiensional. Se trata de una crisis a la vez política, económica, cultural, de valores y simbólica atravesando el cuerpo social en conjunto», declaró en una reciente entrevista en el diario local ‘La Presse’.

La pandemia agrava la crisis económica

Y es que la gran asignatura pendiente de la democracia tunecina es la gestión de la economía y las mejoras sociales. La pandemia ha venido a ahondar en la crisis económica. Más de un tercio de los jóvenes tunecinos están oficialmente en paro, lacra que supone un 30% entre los titulados superiores. Las manifestaciones y protestas socioeconómicas son el pan de cada día desde finales del 2020, sobre todo en las regiones más empobrecidas. Para ellos, las libertades conseguidas al derribar la dictadura no dan de comer. Y esta falta de oportunidades sigue empujando a muchos tunecinos a emigrar a Europa. Las cifras de 2020 se han acercado a las que arrojó el país durante los primeros meses de la revolución, cuando todo era incierto. Así, casi 13.000 jóvenes llegaron a las cosas italianas el año pasado, según el Foro Tunecino de Derechos Económicos y Sociales. En 2019 fueron 2.654 y en 2018, 5.200.

El paso perdido es no haber pasado de la transición democrática a la transición económica aplicando políticas de desarrollo y de integración social. Entre los problemas sin resolver, las enormes disparidades regionales. «Túnez sufre de múltiples fracturas, entre el litoral y el interior, el norte y el sur, el este y el oeste, la ciudad y el campo. Además, en cada localidad nos encontramos una brecha socioespacial que atraviesa todo el territorio nacional», afirma Kerrou.

Chebbi aboga por no olvidar a las mujeres como agentes de cambio democrático, social y económico en el periodo transicional. «Las mujeres siempre hemos estado en primera línea, al lado de los hombres para luchar por la libertad pero después de conseguido el cambio hemos sido dejadas de lado. Ésa es la cuestión en la transición democrática: somos parte del cambio. Cuando las mujeres lideramos en la arena política todos ganamos en la toma de decisiones porque ejercemos un liderazgo colaborativo y empático», sostiene.

«Si la situación económica mejora un poco, tendremos a los tunecinos más a favor de su transición democrática y podrá ser un ejemplo sólido para otros países», vaticina Almasri. Pero este experto jordano buen conocedor del proceso iniciado tras las Primaveras Árabes, advierte de que el contexto regional no ayuda al pequeño país norteafricano. «Tunez tiene fronteras con Argelia y Libia; no es como España en los 70, situada en medio de una Europa democrática. Los tunecinos están solos porque la mayoría de los regímenes no quieren que su experiencia tenga éxito. Así que lo que han conseguido es muy destacable. Han recorrido el camino más duro. Las dificultades que están afrontando son mayores que las dificultades que España o Grecia tuvieron en sus transiciones porque no hay apoyo a la democracia en la región», constata.

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