España

«No hemos podido coger el segundo tren»

Adrián Mateos

Madrid
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Fernando, Juan y Ramón esperan sentados en unas escaleras de la estación de Atocha, rodeados de bolsas y mochilas. Una de ellas luce el sello del Ejército. Los tres jóvenes volvieron a su casa, en Segovia, por Navidad, pero el regreso a la escuela de oficiales de Zaragoza se ha torcido por Filomena y sus consecuencias. «El tren de Segovia ha salido con una hora de retraso a Chamartín y no hemos llegado a coger el segundo en Atocha», explica Fernando. Aún deben aguardar dos horas para subir al AVE en dirección a la capital aragonesa. Fernando se entretiene con un libro, Juan escucha música y Ramón mira el móvil, abrigados en la primera planta de la estación, donde el termómetro ronda los cero grados.

La movilidad empieza a desatascarse en la capital, pero a marchas forzadas. Tres días después del colapso, Atocha sigue rodeada de nieve —cada vez más gris que blanca— y tratando de recuperar la normalidad. Fue el primer nodo de transporte en reponerse tras el temporal. El domingo, antes de que los aviones comenzaran a despegar del aeropuerto de Barajas, antes de que los autobuses partieran fuera de la ciudad, un tren salió de Atocha a las 14.35 horas en dirección a Málaga. Las conexiones ferroviarias se han reanudado. Ya no hay cancelaciones, sino retrasos de horas que complican los traslados de cientos de viajeros.

Decenas de personas esperan este martes frente a la entrada a los andenes. La familia de Rafa Mateo, recién llegada de Navarra, descansa en unas escaleras. Su viaje ha sido caótico. «El tren a Madrid se ha retrasado. Teníamos un vuelo de Barajas a la República Checa esta tarde, pero se ha cancelado. Nos hemos enterado por un conocido que trabaja en una agencia de viajes. El plan es coger un tren a Barcelona, pasar la noche allí y volar a las 6 de la mañana», cuenta Rafa, dueño de una «empresa de suelos». El vuelo a Praga es por trabajo; su hijo, sus hermanos y su cuñado le acompañan en la tortuosa aventura. «Esto ha sido una cadena», dice sobre la sucesión de imprevistos.

La familia de Rafa Mateo espera en unas escaleras la salida de su tren
La familia de Rafa Mateo espera en unas escaleras la salida de su tren – G. N.

El trajín ha regresado a la fría estación de Atocha. En las pantallas de información no brilla el rojo, ninguna de las salidas programadas se ha suspendido. No obstante, la serie de demoras es infinita y los avisos por «meteorología adversa» e «incidencias técnicas» son constantes en la cuenta de Twitter de Renfe. Pasado el mediodía, los pasajeros dibujan una cola perenne en los mostradores de la estación para cambiar sus billetes. «He estado todo el fin de semana viendo a ver qué pasaba. Tenía que viajar el domingo desde Orense y al final he llegado hoy», resume Noa Fernández, mochila al hombro y bocadillo en mano, en la cola de los cambios de última hora.

Noa debería haber pisado Atocha a las 13 horas de este martes, en lugar de a las 14.30 horas. Como muchos otros, ha perdido el segundo pasaje, el suyo, con destino Barcelona, donde trabaja esta diseñadora gráfica de 29 años. «Si el retraso es más de 60 minutos te hacen el cambio y no tienes que pagar, aunque no sé si hay letra pequeña», dice mientras espera su turno.

Con todo, Atocha no es Barajas: ya no hay ciudadanos acorralados. El pasado viernes, al menos una decena de personas se vieron obligadas a dormir dos noches en la estación, a solo 30 kilómetros de sus casas, hasta que se reactivara algún medio de transporte que los trasladara a sus municipios, como Alcalá de Henares y Torrejón de Ardoz. Pero la estación y sus alrededores intentan retomar la rutina.

Los taxis y autobuses de la EMT que están circulando lo hacen por las calles y carreteras despejadas. Aunque muchas zonas permanecen todavía impracticables y los taxistas tienen que dar rodeos y buscar alternativas. «Llevo las cadenas por si acaso, pero si hay montículos de nieve, ni así, el coche no pasa», comenta un taxista que para en Atocha, harto de ver vehículos y vehículos abandonados y circundados de nieve en los laterales de las carreteras. La huella de Filomena tardará en borrarse.

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