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un hogar para la acogida de todos

Rafael M. Mañueco

José Francisco Serrano Oceja

Madrid
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Colonia Virgen del Cortijo. Una colmena que abraza, que protege, entre coches, números, locales, trajín de personas, de todas las generaciones, ruido y movimiento. Y en una recóndita plaza, junto a un parque infantil, casi como pidiendo permiso por estar ahí, el templo de la parroquia Virgen del Cortijo (calle Oña, 91-B), acogedor, muy decente por dentro y por fuera. La colonia Virgen del Cortijo fue una isla en medio de la nada, bueno, entre cementeras, aislamiento de un Madrid que se expandía. Pasaron los años y ahora es una zona residencial, bien comunicada, de personas mayores, con cierto recambio generacional y no poca inmigración procedente de la América Hispana. De Venezuela, por ejemplo, profesionales cualificados que se han dedicado al sector del petróleo.

¿Por qué el nombre de esta advocación? Según José Luis Córdoba, en esa zona de Hortaleza existía el caserón de los guardeses encargados de una gran finca de labranza. Allí, había una imagen fotográfica de la Virgen del Cortijo, venerada tanto en Murillo del Río Leza como en Soto de Cameros. En el libro «Episodios históricos de Soto de Cameros» se cuenta la historia de esta imagen milagrosa. En el cólera de 1855 hubo procesión por el pueblo con la imagen de la Virgen, largas filas, cirios encendidos, un trueno, vivas y el final de la pandemia en el pueblo, ni defunciones, ni nuevos enfermos. La historia, tal y como se recuerda, se escribe.

Hoy tenemos la pandemia del coronavirus, que altera la vida ordinaria de una parroquia con dos sacerdotes. El joven párroco, Oscar Alba, auxiliado por Francisco López. Da gusto la serenidad y la profundidad con la que el párroco describe cada rincón de esta barriada, de una feligresía que alcanza los 21.000 fieles. Del templo que se consagró en 1991 por el cardenal Ángel Suquía destacan las vidrieras y una imagen de la Virgen del Cortijo en su trono de vida. En los primeros tiempos de la parroquia estuvieron los PP. Pasionistas. El párroco actual certifica el descenso en la práctica sacramental en el barrio. Si hace siete años, el número de bautismos era de setenta, ahora solo son siete en todo el año. El proceso de secularización no se para y en la parroquia se intensifica la propuesta del Evangelio. En este barrio, que es como un pueblo porque todos se conocen, la pandemia está llevando a las personas a acercarse a la Iglesia. La pandemia, según Oscar Alba, «nos ha permitido un trato más cercano con muchas personas del barrio que se han acercado con una búsqueda de sentido a lo que está pasando, al sufrimiento, al dolor, a la pérdida de seres queridos. Y se han encontrado con la parroquia que es un lugar de acogida, de compañía. Nunca dejamos de proponer el testimonio de nuestra vida que ha sido transformada por el encuentro con Cristo».

El párroco, Oscar Alba
El párroco, Oscar Alba

Hay cuatro comunidades del Camino Neocatecumenal, más una Comunidad en misión. Un núcleo que vivifica la actividad y que contribuye a iniciativas como la de Padrinos, destinada a los adolescentes y jóvenes del barrio. Un proyecto de acogida en las casas de las familias, los viernes –ahora durante la pandemia se hacen en la parroquia–, que permiten que los asistentes tengan referencias sólidas en su vida. El inicio de un turno de la Adoración Nocturna, la Adoración de los Viernes, la catequesis, bajo la modalidad del oratorio, la pastoral prematrimonial y familiar, los encuentros culturales sobre temas de actualidad, son algunas de las iniciativas de esta parroquia en la que se palpa la tensión.

Y Cáritas, el milagro de un grupo de voluntarios que durante lo más duro de la pandemia asistieron a cuarenta familias del barrio. Ahora no bajan la guardia en la recogida de alimentos y en solventar las necesidades de pago de facturas, material escolar, luz, calefacción, y agua, entre otros. Existe una pobreza que aún no se ha manifestado y que los voluntarios de Cáritas están detectando cada vez más. Es la denominada pobreza vergonzante, que se vive en el silencio. Muchas veces relacionada con la soledad de las personas mayores que, sin haber tenido los cuidados necesarios, incluso por parte de sus hijos y familiares, confiesan que han perdido el sentido de la vida. Pero ahí están los voluntarios de la parroquia, portadores de una esperanza que no defrauda.

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