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El tsunami de la basura electrónica entierra los beneficios de la era digital

El tsunami de la basura electrónica entierra los beneficios de la era digital

El uso de las tecnologías digitales en el mundo de la información y la comunicación se nos ha vendido como una solución ambientalmente amigable. Reducir o eliminar el uso de toneladas de papel de origen vegetal. Minimizar los traslados mediante el teletrabajo o las reuniones a distancia. Menos espacio de almacenamiento. Mayor eficiencia energética. Son solo algunas de sus ventajas.

Pero ese Reino de Narnia, de perfección medioambiental, se va de bruces cuando se tropieza con la realidad de los efectos adversos. La buena noticia es que para sacar todo el provecho ecológico a las herramientas digitales -y tienen mucho que ofrecer- basta con una poca de inventiva, trabajo en equipo y voluntad. Esto último es la más importante, y es tarea de todos.

La crisis de la chatarra tecnológica

El mayor problema que supone el uso de la tecnología digital es la chatarra que produce. Toneladas de viejos dispositivos terminan en vertederos en todo el mundo. Se trata de plásticos, aleaciones, metales y otros compuestos. La mayoría no son biodegradables. En muchos casos resultan altamente contaminantes.

Es un problema creciente. La ONU lo llamó el “tsunami de la basura electrónica”. Se trata de una avalancha que amenaza con cubrir la Tierra. Tan solo el año pasado los consumidores globales desecharon 53,6 millones de toneladas de dispositivos electrónicos. Este volumen marcó un aumento del 20% en el último quinquenio. Solo el 17,4% se pudo reciclar de manera sustentable.

El problema comienza con una acción muy simple y -en apariencia- inocua. Cambiamos nuestro móvil por uno más rápido y con mayores prestaciones. Nos permite hacer más tareas desde casa y ayudamos al medio ambiente. Pero, ¿y nuestro viejo dispositivo? Se suma al tsunami de basura electrónica.

Hace falta muy poco y se puede lograr mucho

Lo cierto es que los móviles, los ordenadores, las portátiles, los teclados, cafeteras, controles remotos, los televisores… todos estos productos son reciclables en casi un 90% de sus partes. Sin embargo, solo el 20% de los desechos electrónicos en el mundo se recicla.

El asunto es muy simple. La mayoría de los dispositivos electrónicos cuenta con el potencial para tener una vida circular. Pero la sociedad prefiere darles una vida lineal. Y aquí no se trata de hacer grandes sacrificios. No debemos renunciar a la tecnología ni a nuestro estilo de vida. A lo que único que debemos renunciar es a la inercia ambiental.

Obvio, mientras nos decidimos a actuar el problema se acrecienta. El gran el tsunami de la basura tecnológica se nos viene encima. Son 10,1 millones de toneladas cada año. Y China ocupa el primer lugar en la inefable lista de los mayores productores de desechos tecnológicos. Le siguen Estados Unidos, (6,9 millones de toneladas) y la India (3,2 millones).

Europa no está muy lejos. El continente también es un gran contribuyente al crecimiento del tsunami de la basura electrónica. Se calcula que la UE producirá 1,2 millones de toneladas en 2020.

Pandemia de basura tecnológica

Y hay otra mala noticia. Los confinamientos a causa de la pandemia de la COVID-19 incrementaron el uso de dispositivos electrónicos. Los ambientalistas se mostraron inicialmente optimistas, debido a que el menor uso del transporte podría contribuir a reducir las emisiones de CO2, por ejemplo. Pero mantenernos conectados y activos ha hecho que se incremente la basura tecnológica y el tsunami crezca aún más.

Las estimaciones de la ONU indican que sin una intervención adecuada es probable que hacia 2050 el mundo supere los 120 millones de toneladas anuales de desechos electrónicos.

El Foro Económico Mundial, estima que cada año se descarta el equivalente a 5.000 torres Eiffel en basura electrónica. En 2017 el 90% terminó como relleno sanitario, incinerado o inmerso en el tráfico ilegal de desechos.

¿Por qué no se hace más?

Al revisar estas cifras, cabe preguntarse por qué no se hace algo al respecto. Ralentizar el cambio climático requiere enormes reducciones de emisiones de CO2. Las acciones necesarias para alcanzar esos niveles tendrían un enorme impacto en términos económicos. En cambio, la lucha conta el tsunami de la basura tecnológica solo requiere reciclar.

Una gran ironía. más bien de un tsunami de ironías que se acumulan una sobre otra. Los países ricos exportan gran parte de sus desechos electrónicos a las naciones en desarrollo. En concreto, Europa occidental, América del Norte, Japón, Corea del Sur y Australia son los principales exportadores. Mientras, la India, China, Vietnam, Senegal, Ghana, Nigeria, Costa de Marfil, Egipto, Brasil y México son importadores.

Muchos de estos desperdicios terminan por acumularse en vertederos. Los metales tóxicos se filtran y penetran en las aguas subterráneas y en las cadenas alimentarias. Una situación ambiental que amenaza la salud humana y de la naturaleza.

Y aquí viene la primera gran ironía. Esa basura tecnológica está formada por compuestos de alto valor. Son en su mayoría metales difíciles de obtener. Equivalen a 53.000 millones de euros anuales. Mucho más que el producto interno bruto de la mayoría de los países.

La segunda ironía es que esa fortuna termina desperdiciada en algunos de los países más pobres del mundo. Estas naciones se ven obligadas a recibir esos desechos y sufrir sus efectos contaminantes para tratar de apoyar sus maltrechas economías. Y lo cierto es que el valor de esos materiales -si se reciclaran- sería mucho más beneficioso en términos financieros. Y causarían mucho menos daño ambiental o sanitario.

Otra ironía. En los teléfonos y las computadoras se encuentran metales preciosos. Varios de esos elementos están entre los más escasos de la tabla periódica. Existe una seria amenaza de que se algunos agotarán en el próximo siglo, y otros en las próximas décadas. Y aún así los desechamos.

Efectos colaterales

Es cierto que la solución no es tan simple. El modo en que actualmente se extraen y reciclan estos metales requiere de operaciones a gran temperatura y con químicos tóxicos, lo cual a su vez daña el medioambiente. Se trata principalmente de la pirometalurgia y la hidrometalurgia.

Sin embargo, hay algunas tecnologías alternativas, como por ejemplo la biolixiviación. Un método utiliza microbios para extraer metales de los minerales. Los microorganismos modifican químicamente el metal, lo cual lo libera de la roca circundante. De esta manera, puede ser aislado y purificado. La biolixiviación requiere muy poca energía y deja una huella de carbono muy pequeña. Tampoco utiliza químicos tóxicos, por tanto respeta el medio ambiente y es segura.

Ya se ha probado en la extracción del cobre de las placas de circuitos informáticos desechadas. Se lo logró reciclar en láminas de alta calidad. Una desventaja de la biolixiviación es la lentitud en comparación con los demás métodos. Pero la ingeniería genética ya ha demostrado que se puede mejorar la eficiencia de estos microbios en el reciclaje ecológico.

De nosotros depende

Un elemento adicional en este tsunami de la basura electrónica es la obsolescencia programada de los dispositivos digitales. Un nuevo móvil, tableta u ordenador portátil llega muchas veces al mercado con un acta de defunción por adelantado. Al comprarlo, sabemos de antemano cuando tendremos que desecharlo.

Aquí se requiere de una mayor conciencia de empresas y consumidores. Las primeras deben ver más allá de las ganancias a corto plazo. Vender una generación tras otras de dispositivos, ofreciendo “un par de píxeles o de gigabytes más” no es la única forma de hacer dinero. Al contrario, cuando estas herramientas tienen una mayor vida útil, se facilita que lleguen a mercados más amplios, con lo que se pueden maximizar los ingresos, sin necesidad de generar más desechos contaminantes.

Y los consumidores también tenemos mucho que aportar. Decantarnos por el uso de dispositivos más duraderos. Exigir buenas prácticas a las empresas fabricantes. Sacar el mayor provecho a nuestros dispositivos antes de cambiarlos por otro con unas prestaciones que jamás vamos a utilizar.

Frenar el crecimiento del tsunami de la basura electrónica requiere de trabajo en equipo. Es bueno que nos lo pensemos antes de cambiar el próximo móvil, solo para alardear del nuevo. Meditemos antes de actuar. No tenemos una sociedad que impresionar, sino un planeta que salvar.

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