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La NBA, ante lo desconocido

Donald Trump no dudó en afirmar a principios de octubre que la NBA se había convertido en «una organización política». En la televisión, los incendios se propagaban por el país tras el asesinato de George Floyd y los siete disparos por la espalda a Jacob Blake, mientras que los Milwaukee Bucks saboteaban el primer partido de la historia de la liga como gesto de protesta. Todo esto en tiempos de una pandemia que obligó a la reinvención de las competiciones deportivas. «La burbuja» de Orlando», que costó unos 180 millones de dólares a la organización, fue tan eficiente como surrealista en sus inicios, y demostró que el virus podía ser excluido de las canchas. Toda la historia acabó el pasado día 11, con los Lakers campeones y todos los estratos de la competición unidos bajo el lema «Vote» (vota), y no precisamente por el actual presidente de Estados Unidos.

Superado el Rubicón que significaba terminar la temporada más larga de la historia de la NBA (comenzó en octubre, se paralizó en marzo y se reanudó a finales de julio), la liga se enfrenta ahora a un panorama aún mas inescrutable. El coronavirus y el impacto económico de la pandemia (la no reanudación podría haber costado 1.000 millones en pérdidas para la liga), las bajas audiencias televisivas, el ocaso de sus estrellas o los hasta ahora «invisibles» novatos, que desembarcarán en sus nuevos equipos el próximo 18 de noviembre, son algunos de los interrogantes que presenta una campaña que, hoy, no tiene una fecha de inicio.

Adam Silver, máximo responsable de la NBA, fue claro cuando la prensa estadounidense le preguntó por cuándo volvería la competición. «La próxima temporada arrancará en enero en el mejor de los casos», dijo el neoyorquino. La Covid-19 no ha aflojado, y en el país norteamericano ya acumula más de ocho millones de contagios. El objetivo inicial de la liga es, según Silver, jugar los 82 partidos de temporada regular con aficionados, aunque el aforo dependerá de la situación de cada ciudad.

Lo que es seguro es que la NBA ya no se sigue en su país natal como antaño. El primer partido de las últimas finales entre Los Ángeles y Miami acumuló 7,4 millones de espectadores, el peor dato desde 1984, año en el que se empezaron a registrar los datos televisivos. Pese a la pandemia y a los nuevos hábitos de consumo, que han repercutido negativamente en el visionado de los deportes de élite, esta crisis de visibilidad ya era patente antes del caótico 2020. Las audiencias en las finales de 2019 entre Raptors y Warriors fueron las más bajas (15,14 millones) de la última década, periodo solo magnificado por la rivalidad entre LeBron James y los Golden State, que se enfrentaron en cuatro finales consecutivas entre 2015 y 2018 y que reunieron a una media de 19 millones y medio de espectadores por enfrentamiento.

Los «novatos», en la sombra
La fuente de la eterna juventud de la liga son sus «rookies» (novatos), fogueados durante todo el año en la liga universitaria (NCAA) y expuestos mediáticamente en las eliminatorias del «March Madness». Este año la competición, como era de esperar, fue cancelada, lo que ha provocado que las supuestamente futuras estrellas de la NBA, como Anthony Edwards, Deny Avdija o LaMelo Ball, hayan disputado apenas unos partidos esta temporada, lo que obliga a los equipos más necesitados, que son los que tienen situación preferencial en la noche del draft, a realizar un salto de fe basado en los entrenamientos personales o los vídeos de Youtube.

Se avecina tormenta para la mejor liga de baloncesto del mundo, en la que ni siquiera los equipos saben dónde se situará el límite salarial, es decir, cuánto podrán gastar en fichajes. Competiciones como la Euroliga o el Giro de Italia acumulan positivos y evidencian lo difícil que es perpetrar un deporte de élite en la actualidad. La NBA, tras la felicidad de Florida, vuelve a la dura realidad.

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