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Se multiplican los casos del Trump Derangement Syndrom en las redacciones norteamericanas

Se multiplican los casos del Trump Derangement Syndrom en las redacciones norteamericanas

Hay desde hace exactamente cuatro años una enfermedad que recorre Estados Unidos con carácter de plaga. No, no es esa que están pensando; se trata de una nueva enfermedad mental conocida como el Trump Derangement Syndrome, y consiste básicamente en la predisposición a hacer cosas completamente idiotas motivadas por el aborrecimiento maniaco hacia el presidente norteamericano.

Pero es siempre mejor poner ejemplos para que se entienda, y esta semana tenemos uno perfecto, que ya hemos tratado: el New York Post, cuarto diario por tirada en Estados Unidos, publica una prueba confirmando lo que todo el mundo sabía, es decir, que Joe Biden mintió cuando dijo que no tenía nada que ver con los negocios ucranianos de su hijo Hunter, y el poderoso establishment antiTrump entra en pánico y convierte un escandalillo que hubiera pasado sin pena ni gloria -repetimos: todo el mundo por encima de un CI de 70 lo sabía, aunque no se pudiera probar- en una ’cause celèbre’ tipo Caso Dreyfuss que podría dar al traste con las esperanzas demócratas de llegar a la Casa Blanca.

El jueves se cayó Twitter unas horas, vaya por Dios, y como la gente es idiota, no lo relacionó en absoluto con su intento, junto a Facebook, de censurar tranquilamente la noticia. Item más: la prensa adicta (AKA, la prensa) se ha lanzado como un solo hombre a ‘desmontar’ la información del Post asegurando que Biden de ninguna manera en absoluto para nada podía influir en las ayudas norteamericanas a Ucrania, que eran cosa exclusiva de Obama, que solo se reunía con Biden para hablar del tiempo, y el despido del fiscal Shokin, que estaba investigando la empresa que había contratado a Hunter, Burisma, no tenía nada que ver con todo eso, palabrita. Pero no se pierdan en el caso, porque ha dejado de ser lo importante.

Lo importante, lo que puede ver ya cualquiera, es que televisiones y diarios de inmaculado prestigio están tirando por la borda todo prestigio acumulado para salir en defensa de uno de los candidatos a unos días de las elecciones en un espectáculo especialmente patético.

Mientras, el ex alcalde republicano de Nueva York y abogado de Trump, Rudy Giuliani, sonríe como el gato que se ha comido el canario. Porque Giuliani tiene correos de Hunter para aburrir, y va a ir sacándolos como el que despliega naipe a naipe tres reyes y treintaiuno en respuesta a un órdago: estos son mis poderes.

Hay de todo, nos asegura Rudy. A ver, qué quieren ustedes: ¿drogas, oscuros tejemanejes de ‘Creepy Joe’ con China, abusos de poder, sexo, extrañas obsesiones hacia menores? Pidan por esa boca, que me los quitan de las manos.

Hunter no va a ser el primer hijo pieza que lleva a su anciano padre a la ruina, pero eso ya no es la noticia; la noticia, lo que tiene a los norteamericanos boquiabiertos, es la carrera en pánico de los medios ‘serios y ponderados’ para tapar un escándalo relativo a un candidato presidencial, exactamente la labor contraria a la que se le supone a los periodistas, al menos en las películas.

Cuatro años de marear al personal con una Trama Rusa que, aunque nunca existió, costó investigar millones de dólares, varios años, decenas de registros domiciliarios, cientos de imputados… y la montaña parió un ratón: nada por aquí, nada por allá. Y mientras la prensa machacaba con eso, laborioso como una hormiguita el fiscal Barr va reuniendo pruebas para empapelar a media Administración Obama a cuento del espionaje, usando recursos del Estado, al candidato Trump.

¿Sorpresa de octubre? ¡Oh, no se muevan de la silla: va a haber hasta fuegos artificiales!




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