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La Gaceta de la Iberosfera

La Gaceta de la Iberosfera

No sé si cabe mejor forma de estrenar mi columna en un periódico de nuevo cuño que diciendo que la información está sobrevalorada. El halo de autoridad que otrora envolvía al filósofo y al sacerdote hoy envuelve al periodista bien informado y al omnipresente contertulio que funda sus opiniones en «datos veraces». Si antes se respetaba especialmente a quienes contemplaban y rezaban, ahora se respeta especialmente a quienes (se) informan. Hay una suerte de vaga identificación entre el conocimiento pormenorizado de los sucesos cotidianos y la sabiduría, entre la información y la cultura. 

Mi tesis, en este sentido, es de lo más inactual. Creo sinceramente que estar informado no tiene valor en sí mismo; no más, desde luego, que acumular trastos en un desván. El conocimiento de los fenómenos actuales requiere algo distinto de sí para ser valioso; es, digamos, como la cúpula de un edificio que todavía busca cimientos sobre los que asentarse. ¿De qué le sirve a un hombre saber que en Indonesia ha habido un maremoto si ni siquiera sabe ubicar Indonesia en un mapa? ¿De qué le sirve a un hombre saber que Trump es presidente de Estados Unidos si ignora por completo lo que esto implica? Diré más. ¿Nos sirve de algo conocer al dedillo los datos macroeconómicos de Castilla y León si nunca hemos admirado la austeridad de su románico y el esplendor de su gótico, palpado la aridez de sus campos o escuchado el murmullo de sus gentes al salir de misa?

Si la información en general no es necesaria para la cultura, que florece en otros contextos, lo cierto es que el actual ambiente informativo es abiertamente incompatible con ella; trabaja en su contra, la erosiona. El problema aquí no radica tanto en que proliferen las noticias falsas ―que también― como en que proliferan las noticias (a secas). El problema no es que el hombre contemporáneo esté desinformado, sino que está informado de más. Lo sacude una incesante riada de estímulos. Está expuesto a un flujo de informaciones que, perseverante en su ferocidad, le priva del sosiego necesario para engendrar y cultivar frutos dignos. 

Es un axioma económico que la inflación deviene naturalmente en devaluación. Ocurre lo mismo en el periodismo. Cuanta más información recibimos, menos efectiva es porque menos capaces somos nosotros de asimilarla. La noticia actual anula la anterior y, a su vez, es anulada por la posterior. Querríamos escandalizarnos con los desmanes del doctor Sánchez, pero la más reciente tropelía de Maduro termina distrayendo nuestra atención. Nos gustaría alegrarnos durante más de cinco minutos del triunfo de Rafa Nadal en Roland Garros, pero la última calamidad acaecida en Estados Unidos mitiga inexorablemente nuestro regocijo. Los textos, las locuciones, los vídeos periodísticos se suceden sin dejar rastro en nosotros. Lejos de penetrar en nuestras entrañas y herirlas, se deslizan ligeros sobre la periferia de nuestro ser, semejantes a un río que fluye demasiado rápido como para empapar su fondo. 

En un contexto tan vertiginoso, cualquier reflexión sobre los fenómenos actuales, por modesta que sea, se antoja imposible. Ya lo decía el filósofo francés Gustave Thibon en la década de los 60, cuando la sobrecarga informativa no era ni la décima parte de la actual: «Está claro que el hombre moderno, sobrecargado e intoxicado por una masa caótica de informaciones incontroladas e inasimiladas, vive cada vez más en una especie de sueño aun estando despierto». Lo he insinuado antes: estar informados tiene sentido si al atracón le sigue una lenta digestión. Tiene sentido si, en lugar de procesar las noticias como autómatas, las interiorizamos, indagamos en sus causas más profundas y en sus consecuencias más plausibles, y tratamos de discernir cómo nos afectan a nosotros, hombres nacidos en una comunidad política concreta en una época determinada. 

No, contra lo que reza uno de los tópicos de nuestro tiempo, el hombre occidental no necesita más información; ni siquiera más información veraz. Lo que demanda a gritos, en cambio, es un asidero al que aferrarse para que la marejada no lo arrastre consigo, quizá un remanso de paz en el que guarecerse del estruendo. Ojalá encuentre en La Gaceta de la Iberosfera algo así. 


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