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Ignacio Miranda: Hacen falta cisneros

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Otra semana más de escalada totalitaria, de vapuleo a las instituciones, de dentelladas al poder judicial. De acoso al que se atreve a defender el marco de libertades que asegura la Constitución. En este ambiente canallesco y mezquino, ha fallecido a los 89 años el hispanista francés Joseph Pérez, que hasta hace bien poco andaba por ahí dando conferencias. Un óbito que apenas ha acaparado titulares, porque aquí prima marear la perdiz con datos engañosos sobre la pandemia, echar la culpa a las comunidades autónomas y hablar del pastizal de la reconstrucción para la transición ecológica y mantras de similar jaez. Hijo de emigrantes de origen valenciano, realizó su tesis doctoral sobre la revuelta de las Comunidades de Castilla, una materia que documentó con especial celo y por la que se hallaba muy vinculado a la localidad vallisoletana de Villalar, cuyo Ayuntamiento lamenta la pérdida.

De su apabullante carrera como historiador y profesor universitario, reconocida en distinciones tan prestigiosas como el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales, la Gran Cruz de Alfonso X El Sabio, comendador de Isabel la Católica y oficial de la Legión de Honor gala, destaca su dedicación a los siglos XVI y XVII. De los Reyes Católicos a Felipe II, sin olvidar a fray Luis de León, Teresa de Ávila, la expulsión de los judíos y la Inquisición. Pero tan eminente historiador sentía verdadera debilidad por un hombre singular nacido en la sierra pobre de Madrid con el nombre de Gonzalo, luego cambiado a Francisco por su profunda admiración hacia el santo de Asís, que a los 48 años tomó el sayal pardo de esta orden y vivió feliz en la humildad bucólica del convento alcarreño de La Salceda, en estricta observancia de la regla. Hasta que por su talento fue llamado a empresas mayores en la fe, la cultura y la política, para pasar a la posteridad como el cardenal Cisneros.

Joseph Pérez dedicó un magnífico libro al brillante humanista que fuera confesor de la reina Isabel, primado de España, inquisidor general de signo moderado, fundador de la Universidad de Alcalá, promotor de la Biblia Políglota Complutense y regente ya octogenario, a la espera de la llegada de Carlos I a estas tierras. Tenía muy claro que estamos ante «el mayor hombre de estado» de nuestra historia, «que llegó viejo y tarde, pero de haber vivido una década más, el panorama de España habría cambiado radicalmente». Cuando reyes y nobles miraban antes hacia los asuntos particulares que a los colectivos, un probo Francisco Ximénez de Cisneros velaba por el bien común en la gestión de lo público, como un adelantado a su tiempo preocupado por la fiscalidad, la agricultura y, en definitiva, el progreso de la nación. Hoy más que nunca, hacen falta Cisneros.

Ignacio Miranda

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