España

Donosura Antonio Herrera: Los kioskos

Ángel Antonio Herrera

Donosura Antonio Herrera

MADRID
Actualizado:07/10/2020 00:15h

Cumplir

Los kioskos han sido, durante el confinamiento, un torreón de alivios donde comparecer, pillar el publicación y charlar así un rato con el mundo, porque un publicación es una infinitud. Uno ha presumido a veces de rehén de la lascivia de la leída del publicación, y aún me retentiva a veces trasnochando porque sí, en órbitas de la Puerta del Sol, hasta que llegaban los periódicos casi al alba, en un kiosko abocado en la calle Veterano, que no cerraba nunca, como las comisarías, o los hospitales. Uno ha madrugado mucho sin descansar, para salir el primero a la importación del publicación amaneciente, como el que se apura por pillar el primer pan de la mañana.

El publicación es el pan de los que no tienen prisa por comprar el pan. Ahora hay pocos kioskos de vida nocturna, en rigor ya no hay ningún, pero el kiosko sigue ahí, en pie de servicio, desvelado de día, para echarnos el ABC, o la revistería, con lo que el kiosko colabora contra la soledad, y desde la arbitrio.

Ahora sabemos lo que ya sospechábamos: que el kiosko tiene la vida adversa, y que el confinamiento no le ha mejorado la vitalidad, precisamente. El peatonaje ha sido privado de salir de casa, y el kiosko se ha quedado en soledad insólita, porque el kiosko es el kioskero más la multitud de clientela, que pasa, o que más aceptablemente no pasa, según ocurre ahora. Quiero aseverar que se vende poco, porque la gentío pilla remotamente. Ultimamente, todos somos una horizonte. Eso, y que las juventudes están atareadísimas de instagram y se informan en las fotos de bikinis.

Usted, corregidor, sabe de todo esto, porque los propios kiosqueros se lo han contado, y porque sé que asimismo le ha poliedro usted con finura al costumbre de comprar de kiosko. Los kiosqueros son establecimiento necesario en una ciudad, como unas farmacias de otra cosa, como un parque de bomberos de la información o la opinión. Necesario, y principal. No son internet, pero no debiéramos dejar que murieran, como un árbol prehistórico, o un monumento de ruina. Son la mostrador fugado de la democracia, el mostrador planetario de lo que ha pasado hace un rato. Nos acecha una desvaimiento, si se apagan.

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